Lolita

Alguien me dijo en una ocasión que no recomendaría encargar un proyecto a un arquitecto que no supiera cocinar. Desde entonces, no puedo evitar hacer extensible aquel consejo cuando tengo que elegir a un diseñador. Los que se dedican a la comunicación visual son muchos y saben venderse muy bien, pero hay que mirar más allá de su fachada y llegar hasta la cocina para saber si es el adecuado para nosotros. Es por eso que a Lolita le gusta recibir directamente en la suya.

Quienes preferimos trabajar con personas antes que con empresas agradecemos ese recibimiento. En este país todavía quedan artesanos de la creatividad que dejan un trazo de su personalidad en lo que hacen. Por eso los buscamos. Son profesionales a los que les gusta trabajar con sus clientes más que para sus clientes. El matiz de la preposición es lo que marca la diferencia y se deja ver en el resultado. La personalidad, en este caso, se ha cocinado a fuego lento a través de diversas culturas y experiencias.

Lolita Cortés nació y pasó sus primeros años en México. Es nieta de refugiados de origen catalán y apellido ilustre, con un pasado aristocrático que se percibe en el trazo refinado de sus trabajos. Su corazón se quedó en aquella tierra de acogida, que será para siempre su tierra madre, mientras se iba convirtiendo en una diseñadora cosmopolita, formada en la escuela Llotja de Barcelona y la Parsons School of Design de Nueva York. La mezcla perfecta entre la cultura milenaria del mediterráneo y la cultura anglosajona del bussines.

Su estreno profesional fue en el ámbito del arte contemporáneo. Estuvo durante dos años en Marisa del Re, la galería de la calle 57 de Manhattan donde exponían artistas como Arman, George Tooker, Robert Indiana o Karel Appel, que formaba parte del movimiento CoBrA, para el que trabajó como asistente. Las siguientes paradas fueron Mónaco, montando la III Bienal de Escultura Contemporánea y París, para digitalizar la revista Galleries Magazine.

Toda esa experiencia junto a su pasión por el diseño la llevaron a ser la directora creativa a nivel europeo de una gran empresa del retail de lujo, con sede en Londres. En Value Retail comenzó como Development Manager para la creación de nuevos Outlets Villages, nada menos que nueve, y acabó ideando campañas de moda y supervisando equipos de diseñadores gráficos en siete ciudades europeas. Una locura.

Un amigo común que trabaja en este mismo gremio suele decir que lo más difícil es saber dejarlo a tiempo para encontrarse con uno mismo y desaprender. Hacer un esfuerzo consciente para abandonar los patrones conocidos y abrirse a otras maneras de hacer las cosas emprendiendo un viaje transformador. Lolita se fue hasta India, donde además de recorrer el país, estuvo trabajando en una escuela para niños de los barrios marginales en Delhi.

Con todo ese bagaje y una vida empapada de riqueza cultural, regresó a Barcelona donde cofundó Creative Hot House y después su propia empresa de consultoría, Lolita & Co. De allí salieron los proyectos de branding y packaging que se pueden ver en su portafolio. Ahora elabora su narrativa como artista, diseñadora gráfica e ilustradora bajo su propio nombre, en un espacio de trabajo, junto a la cocina, que lo dice todo sobre ella.

Ramón Úbeda

Lolita Cortés

Alguien me dijo en una ocasión que no recomendaría encargar un proyecto a un arquitecto que no supiera cocinar. Desde entonces, no puedo evitar hacer extensible aquel consejo cuando tengo que elegir a un diseñador. Los que se dedican a la comunicación visual son muchos y saben venderse muy bien, pero hay que mirar más allá de su fachada y llegar hasta la cocina para saber si es el adecuado para nosotros. Es por eso que a Lolita le gusta recibir directamente en la suya.

Quienes preferimos trabajar con personas antes que con empresas agradecemos ese recibimiento. En este país todavía quedan artesanos de la creatividad que dejan un trazo de su personalidad en lo que hacen. Por eso los buscamos. Son profesionales a los que les gusta trabajar con sus clientes más que para sus clientes. El matiz de la preposición es lo que marca la diferencia y se deja ver en el resultado. La personalidad, en este caso, se ha cocinado a fuego lento a través de diversas culturas y experiencias.

Lolita Cortés nació y pasó sus primeros años en México. Es nieta de refugiados de origen catalán y apellido ilustre, con un pasado aristocrático que se percibe en el trazo refinado de sus trabajos. Su corazón se quedó en aquella tierra de acogida, que será para siempre su tierra madre, mientras se iba convirtiendo en una diseñadora cosmopolita, formada en la escuela Llotja de Barcelona y la Parsons School of Design de Nueva York. La mezcla perfecta entre la cultura milenaria del mediterráneo y la cultura anglosajona del bussines.

Su estreno profesional fue en el ámbito del arte contemporáneo. Estuvo durante dos años en Marisa del Re, la galería de la calle 57 de Manhattan donde exponían artistas como Arman, George Tooker, Robert Indiana o Karel Appel, que formaba parte del movimiento CoBrA, para el que trabajó como asistente. Las siguientes paradas fueron Mónaco, montando la III Bienal de Escultura Contemporánea y París, para digitalizar la revista Galleries Magazine.

Toda esa experiencia junto a su pasión por el diseño la llevaron a ser la directora creativa a nivel europeo de una gran empresa del retail de lujo, con sede en Londres. En Value Retail comenzó como Development Manager para la creación de nuevos Outlets Villages, nada menos que nueve, y acabó ideando campañas de moda y supervisando equipos de diseñadores gráficos en siete ciudades europeas. Una locura.

Un amigo común que trabaja en este mismo gremio suele decir que lo más difícil es saber dejarlo a tiempo para encontrarse con uno mismo y desaprender. Hacer un esfuerzo consciente para abandonar los patrones conocidos y abrirse a otras maneras de hacer las cosas emprendiendo un viaje transformador. Lolita se fue hasta India, donde además de recorrer el país, estuvo trabajando en una escuela para niños de los barrios marginales en Delhi.

Con todo ese bagaje y una vida empapada de riqueza cultural, regresó a Barcelona donde cofundó Creative Hot House y después su propia empresa de consultoría, Lolita & Co. De allí salieron los proyectos de branding y packaging que se pueden ver en su portafolio. Ahora elabora su narrativa como artista, diseñadora gráfica e ilustradora bajo su propio nombre, en un espacio de trabajo, junto a la cocina, que lo dice todo sobre ella.

Ramón Úbeda